Se repele por dentro, se hace añicos. Ya no aguanta, no soporta, se comprime su esqueleto y desborda en un pasillo hospitalario sin hospitalidad alguna. Paredes de tono sepia la observan mientras dormita esperando en una sala, asientos metálicos la sostienen, tan fríos, tan asimétricos, arquitectura hostil y amarilla con carteles en imperativo.
Quiere explicar, quiere explayarse en su nueva agonía, tan rara, tan distinta, tan difícil de palpar y que sin embargo no es nueva. Su mente se las ha ingeniado para aislar ese dolor, esto nunca me ha pasado dijeron las neuronas. Pero el recuerdo no es difícil de escarbar, la parálisis esquelética en edad precoz, tanto dolía que debió esperar a que vuelva a sonar el timbre sin jugar. Tanto dolía que no pudo cenar en la mesa. Pero para ella, mal sentada en el metal helado, nunca hubo precedentes.
Lo que sigue es sabido: ceños fruncidos con guardapolvo auscultan la situación y descreen cada palabra. Meses de aquí para allá, inflamación y descontento. Aprendió a contener los signos de dolor que se depositan en los surcos arriba de las cejas, a contraer el estómago para levantarse de la cama sin que se enteren los huesos, a desarmar los amoríos que nunca escucharon una osamenta gritar.