Tantas cosas han pasado en el jardín interior.
Lo florecido se hizo árbol y la vocalización se volvió pluma extinta.
1. Comenzando por el adiós
No busca destinatario la carta que sabe despedirse bien. Pero es importante dar motivos: no se puede seguir sosteniendo con tanta firmeza lo intangible. La fuerza sola de mi mente no alcanza para construir la fantasía, unilateral hasta el momento y para siempre.
Pausa y pienso: Qué mejor lugar para expresar un sentir tan complicado que este espacio incomprensible de sentidos agrietados que se filtraron en mi cabeza tantos años. La metáfora exacerbada, mi refugio. Continúo:
Aunque fuerce el diminutivo, por más que intente comprimir tu existencia para mi propio deleite y vea cada interacción minúscula con el más potente amplificador óptico, es desproporcionado el efecto en mis propias emociones. Agota la mente, el cuerpo, el intento de hallar la pieza que encaje, la llave específica que ingrese y que gire. Disfruto y huyo como en los viejos tiempos, te encuentro y si me detengo desaparece todo. Un dínamo conectado a los latidos, arritmia. Vengo a proponer un fallo en la lógica cardíaca. Vengo a bajarte de ese estante, a quitarte el polvo con todo el respeto y cariño que te tengo y a entregarte a otros altares que, percibo, te buscan.
La cosa seguirá tal cual y mi buena predisposición se mantiene intacta, ha sido un gusto idealizarte.